Luisa Martínez Flores. Fotografía

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Los Muertos

Los Muertos

 

 

Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a la región donde moran las huestes de los muertos. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se crearon y vivieron se disolvía consumiéndose.   (Los Muertos, James Joyce)

 

 

 

De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?

(Fragmento del poema, Límites, de Jorge Luis Borges)

 

Canciones a los niños muertos de Gustav Mahler

         ( KINDERTOTENLIEDER)

1. 
Ahora el sol se levantará tan radiante,
como si la noche no hubiera traído desgracia.
La desgracia me ha ocurrido sólo a mí,
mientras que el sol brilla para todos.

No debes encerrar en tu abrazo a la noche,
sino sumergirla en la luz eterna.
Una lámpara se enciende en mi morada,
¡saluda a la alegre luz del mundo!

2.
Ahora entiendo por qué lanzas
tan oscuras llamas hacia mí,
¡Oh ojos!
Como si desearas recoger
todo tu poder en una simple mirada.
Pero no sospeché, que la confusión hilada
por el frustrante destino que me envuelve,
producido por el regreso a casa,
era la fuente de todas las desgracias.

Querías decírmelo con tu fulgor:
Nos gustaría estar contigo,
pero nos fue denegado por el destino.
¡Miradnos, pronto estaremos lejos de ti!
Aquellos que ahora nos observan,
mo serán más que estrellas en la noche.

3.
Cuando tu madre
viene hacia la puerta,
y giro la cabeza,
para observarla,
mi mirada no cae
primero hacia su rostro,
sino sobre el lugar,
cerca del umbral,
donde tu pequeña carita
solía estar,
cuando tú, radiante de alegría,
entrabas, también,
tan normal, mi hijita. 

Cuando tu madre
viene hacia la puerta
a la luz de la vela,
me parece como si
estuvieras entrando,
fugazmente tras ella,
como solías hacer, a la habitación.

Oh tú, trocito de tu padre,
¡ay, tan pronto,
mi alegría, tan pronto extinguida.

4.
¡A menudo pienso que nos abandonaron!
¡Pronto regresarán a casa!
¡Bello día! ¡No estéis inquietos!
Sólo están haciendo una larga caminata.

Desde luego, nos abandonaron
y regresarán ahora a casa.
¡Oh, no os inquietéis, es un bello día!
¡Han ido a caminar por las altas colinas!

Nos han abandonado antes de tiempo
¡y no querrán regresar a casa!
¡Les cogeremos en las altas colinas al ocaso!
¡Es un bello día sobre las altas colinas!

5.
Con este tiempo, con este tumulto,
no debería haber enviado fuera a los niños;
alguien les llevó fuera,
y yo no he dicho nada.

Con este tiempo, con este tumulto,
no debería haber enviado fuera a los niños;
ellos podrían caer enfermos,
vanos son ahora los pensamientos.

Con este tiempo, con este horror,
he dejado salir a los niños,
ellos podrían morir mañana,
no debo de preocuparme de eso ahora.

Con este tiempo, con este horror,
no debería haber enviado fuera a los niños;
Fueron raptados,
no podría decir una palabra contra eso.

Con este tiempo, con esta tormenta, con este tumulto,
descansan como si en la casa de su madre,
no se asustaran por ninguna tempestad,
protegidos por la mano de Dios.
Están esperando como si estuvieran
en la casa de su madre.

Diálogo de los Muertos 

Elegía española de Francisco Ayala (1939)

No había nada por ninguna parte. Nada, sino silencio; un silencio húmedo que rezumaba, calaba hasta lo más hondo; un silencio que era la ausencia y el vacío de la atronadora refriega, ya pasada. No había nada, nada sobre la tierra... Bajo ella, muertos infinitos yacían en confusión, ahora casi tierra ya también ellos, y todavía lastimada humanidad, sin embargo; muertos retorcidos en el horror de su martirio; muertos consumidos en la perfección absoluta de su hambre; muertos. Sepultados de cualquier modo, entre las raíces de los vegetales -entregados a esas garras ávidas, insaciables, vivificadas por la lluvia que había escurrido tan largamente por entre piedras y huesos. 

Y los muertos, bajo la mudez angustiosa y como definitiva del mundo, entablaron un diálogo soterrado, sin comienzo ni final, ni acentos ni pausas; o quizá, mejor, tejieron una red de monólogos dichos en voz apagada y blanda como ruido de pasos sobre las hojas caídas en un sendero, sucias de barro y de invierno.

Paseo por el cementerio de Père-Lachaise, Paris.