Luisa Martínez Flores. Fotografía

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Dafne

 

[...] “¡Ayúdame, padre, si los ríos sois divinidades, echa a perder,  cambiándola, 
esta figura con la que he gustado demasiado!”  Apenas acabó su plegaria, un 
pesado sopor invade sus miembros: una delgada corteza ciñe su tierno pecho,
sus cabellos crecen como hojas, sus brazos como ramas, sus pies ha poco tan
veloces se adhieren en raíces perezosas, en lugar del rostro está la copa: solo
la belleza queda en ella. Aún así la ama Febo y colocando su diestra en el 
tronco siente todavía temblar su pecho debajo de la nueva corteza y abrazando
con sus brazos las ramas como si fueran miembros da besos a la madera: esquiva 
sin embargo los besos la madera. A esta el dios le dijo: “ Ya que no puedes ser 
mi esposa, al menos serás mi árbol; siempre te tendra mi cabellera, te tendrá
mi cítara, laurell y te tendrá mi aljaba.
Tu acompañarás a los caudillos latinos, cuando voces alegres canten y visiten
el Capitolio largos desfiles. Ante la puerta de Augusto tú misma te erguirás, 
guardiana fidelísima de sus jambam, y protegerás la encina en medio; y como mi 
cabeza es juvenil con sus cabellos sin cortar, lleva tú también siempre el honor
perpetuo de la fronda”.
Acabó de hablar Peán; asintió el laurel con sus ramas recién formadas y la copa
parecía que se movía como una cabeza.

                                                      Metamorfosis de Ovidio (Libro I Apolo y Dafne)