Luisa Martínez Flores. Fotografía

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Aretusa

Aretusa

[...] Encontré aguas

que discurrían sin remolinos, sin murmullo, transparentes

 hasta el suelo; a través de ellas se podían contar todas

 las piedrecitas del fondo, y pensarías que apenas se movían.

Me acerqué y me mojé primero las plantas de los pies,

luego hasta las rodillas; y no contenta con eso, me desnudo;

coloco en un curvo sauce mis suaves ropas y me sumerjo

desnuda en las aguas.

[...] “¿Adónde vas

tan deprisa, Aretusa?”, me gritó el Alfeo desde las aguas,

“¿adónde vas?” me volvió a gritar con voz ronca.

Tal como estaba, huyo, sin ropas [...]

“Me atrapa; socorre,

Diana, a tu escudera, a quien tantas veces diste a llevar

tu arco y las flechas encerradas en la aljaba”. La diosa

se conmovió y tomando una espesa nube, la arrojó sobre mí.

Da el río vueltas alrededor mío, envuelta en tinieblas, y,

sin saber dónde estoy, busca en torno a la hueca neblina;

dos veces corrió sin verme el lugar donde la diosa

me había ocultado y dos veces me llamó: “Eh Aretusa,

eh Aretusa!”. ¿Qué ánimos tenía yo entonces, desdichada

de mí? [...]

Con todo no se aleja,

pues no ve más allá rastro de pies; vigila la nube y el lugar.

Mientras me acecha, un sudor frío invade mis miembros

y unas gotas azuladas ruedan por todo mi cuerpo. El sitio

por donde muevo mis pies mana agua, de mis cabellos cae rocío,

y con mayor rapidez que ahora lo cuento, me convierto

en manantial. Pero el río reconoce las amadas aguas,

y, abandonando la figura humana que había tomado, tornó

 a su naturaleza líquida para mezclarse comigo [...]

                         Metamorfosis de Ovidio (Libro V - Aretusa)